Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

«Humano» debería de ser un insulto: el monstruo de mil cabezas

La peor forma de injusticia es la justicia simulada.

Platón, República

Platón también dijo: «El conocimiento sin la justicia debería llamarse astucia en lugar de sabiduría». No me extraña que existan tantos abogados, jueces, notarios en un mundo lleno de inhumanos como éste. No sé yo la palabra humanidad por qué adqurió esa connotación positiva, cuando la mayor parte de lo que abunda es gente tacaña, egoísta, oportunista, vengativa, interesada y sin empatía.

Se necesitan tantas reglas para mantener al humano domado, porque él no puede trascenderse a sí mismo. Entonces se inventan un montón de papeles, leyes y políticas con las que limpiar su fantasma de consciencia y quedar por encima del rebaño. Todos en algún momento, en una situación concreta, hemos cometido errores, pero pocos aprenden la lección y aspiran a superar esas deplorables actitudes y menos aún llegan a ser personas íntegras y congruentes. Entonces, ¿humano? Humano debería de ser un insulto.

A estas alturas de mi vida, he observado cómo soy el resultado de alguien que no soy en quien me han convertido: me han deshumanizado para moldearme a la realidad dominante y yo he aprendido a seguir destruyéndome a mí misma. Hasta que me di cuenta, y cómo me cuesta autodestruirme para volverme a crear. «El mundo necesita más personas deviniendo y menos dividiendo»: sin ser conscientes, como sociedad nos encaminamos a dividirnos en millones de fragmentos ajenos como escombros a encajar.

Hay algunas cosas tan encarnadas en el sistema, aquí o allá, sea en México, en España, en Alemania o dondequiera, que veo muy, muy difícil de erradicar y que radican en cómo es el ser humano. Injusticias enraizadas en la moral social que la mayoría acepta. Moral no es lo mismo que ética, esto hay que dejarlo claro de antemano. Moral es un conjunto de reglas de conducta y patrones de pensamiento aceptadas en la sociedad y consideradas como verdaderas e inamovibles. Ética es la reflexión y cuestionamiento de la moral y la búsqueda de lo justo y lo bueno. Considero que hay dos especies distintas de humanos: una es la de los animales racionales, que conforma la mayoría en el planeta, aquellos simios que se creen con razón, pero que no son más que animales enfrascados en costumbres que no se cuestionan. Son los que actúan según la moral de su contexto sociocultural. Los voy a llamar los homorales (como homo y morales). La otra humanidad es aquella de grandes artistas, filósofos, científicos y seres espirituales, aquellos que obran éticamente, que buscan el origen y el sentido de las cosas, miran dentro de sí mismos y buscan la verdad más allá de lo aparente. Que, en definitiva, paracen de otro planeta. Yo los llamo humaliens (mezcla de humanos y aliens).

Existen contados humanos en un tramo avanzado, en comparación con la mayoría, de su camino espiritual. Ellos suelen ser filósofos de la vida, incluso los hay que han llegado a ser auténticos filósofos de la historia, poetas, científicos y artistas, mentes brillantes de almas más relucientes aún: Nikola Tesla, Friedrich Nietzsche, Platón, Anaximandro de Mileto, Werner Heisenberg, Omraam Mikhaël Aïvanhov, Bruce Lee, Pitágoras, Walt Whitman… Todos ellos polifacéticos, sensibles y creativos, cuya chispa divina irradia en cada obra que han realizado. Bien conocidos por unas cosas y desconocidos por otras al menos igual de grandiosas. Muy a menudo son incomprendidos en su época o malinterpretados fuera de su contexto sociocultural. Mas la atemporalidad de su ingenio solo puede ser comprendida desde algo más arriba de lo mental: la verdad se siente desde la conciencia. Ellos son las llaves para acceder a ella y nos han dejado sus claves a cielo abierto entre millones de innecesarios conceptos para que de ese océano de pensamiento rescatemos la molécula del alma.

Algunos de los estos humaliens no se han querido/podido adaptar al mundo, no lo han aceptado y han sufrido sufrido muchísimo, acabando incluso completamente solos (como Nikola Tesla). Sin embargo, sus ideas eran grandísimas sus intenciones nobles y han dejado al mundo un valiosísimo patrimonio a rescatar y desarrollar. Otros sí que han sido capaces de adaptarse y elevarse más allá, y en esa adaptación, desde dentro, incluso han cambiado lo de fuera (Buda, Jesucristo…). El problema viene con los que les siguen después, los homorales, quienes no comprenden profundamente el alma de estos grandes seres, los malinterpretan y producen la confusión. Entonces se generan nuevas costumbres desarraigadas de la verdad: el problema viene de esta mayoritaria humanidad que no se cuestiona nada y que conforma la mayoría de la gente de este planeta.

Pero a veces el problema también puede venir de estos propios humaliens. La pintura de 1787 realizada por Jacques-Louis David, La muerte de Sócrates (La Mort de Socrate), refleja magistralmente el mundo: el aprendiz que supera al Maestro en sabiduría y consciencia, representado por Platón, sentado de espaldas y cabizbajo sin querer actuar ni mirar, mientras el sabio castigado injustamente, Sócrates, está decidido a tomarse el veneno y sacrificarse para darnos una lección de valentía y hasta de orgullo. Está tan convencido de que el alma es inmortal, que asume con soberbia su destino. Todos los demás presentes sin hacer nada más que lamentarse, atenidos a la decisión de Sócrates de dejarse asesinar, acompañando en sus últimos minutos al que va a morir.

Las pocas personas cuya consciencia han cultivado por encima de la media y tienen todas las herramientas para el desarrollo ulterior de su espiritualidad, a pesar de ello, muchas veces no se atreven a enfrentarse a la realidad. Prefieren seguir cómodamente a sus líderes espirituales, seres a veces necios que pecan del famoso ego espiritual, de esa soberbia por aferrarse a sus ideas y no cambiarlas. Ellos, que deberían ser el impulso en el mundo, que tienen una responsabilidad consigo mismos a traves de la cual se produce el cambio global, se pierden en las formas y crean más dogmas que son los que después mueven mecánicamente la sociedad. Al final no se diferencian tanto de esos simios racionales, volviéndose ellos mismos monstruos de las mil cabezas, de las mil razones para los mil egos. Les sigue la inmensa mayoría de los seres humanos que solo saben quejarse y protestar, se fanatizan y hasta se vuelven ciegos verdugos en pos de una creencia. Como dije, esta pintura es un reflejo del mundo.

La Mort de Socrate, de Jacques-Louis David

Al igual que son necesarias normas y reglas para mantener al humano común domado, también el humalien precisa las suyas para no caer en esa monstruosa racionalidad que crea miles de egos y que le hunde en la otra realidad, la percibida por la mayoría: el infierno del mundo. El sabio ha de buscar en la Naturaleza los principios de la verdad, pues ella siempre nos habla si la sabemos escuchar. Estos axiomas son las bases de la ética y la espiritualidad. Creo que ahí radica el secreto para mantenerse con los pies en la tierra y los ojos en el universo: descifrar el lenguaje oculto en que está escrito en el libro de la Naturaleza. Ella no tiene ego, pues ella pertenece a otro tipo de realidad superior en la que en parte convivimos, pero a la que dañamos demasiado a menudo, alejándonos de ella.

No respetamos la Tierra, ni el cielo, contaminamos consciente e inconscientemente o no lo queremos ver, hasta llegar a verter basura al espacio por avaricia, egoísmo y pereza. El humano desarrolla tanta tecnología para el divertimento y tan poca para vivir en armonía con el mundo natural, o a los que la inventan les vetan (de nuevo pongo a Nikola Tesla como ejemplo). Incluso se reparte el humoral ya los territorios de planetas que aún no ha pisado. Todo muy moral para su época y lugar. Así opera el monstruo de las mil cabezas, de los mil egos.

Sin embargo, no pensemos en el ego como el enemigo del mundo. El ego en el humano tiene una función, al igual que todo lo que existe tiene su causa y su consecuencia: recordar. Sí, el ego sirve para recordar el origen de todo, para volver a comprender que cada acto genera efectos y que cada situación tiene un motivo. No existe la casualidad ni el azar, porque si así fuera, no existiría el universo mismo. El cosmos es una estructura perfecta, tan perfecta, que necesita nacer para comprenderse a sí mismo a través de seres imperfectos como nosotros. Si se fundamentara en lo casual, en el azar, así como emergería, desaparecería y no cabría ni un instante de consciencia. El cosmos tiene un lenguaje y son las matemáticas, pero éstas no se expresan en las fórmulas que el humano ha trazado, sino que todo está cifrado en geometría, la llamada geometría sagrada.

¿Y qué pinta el engreído y egoísta humano con sus mundanas leyes y derechos en todo esto? ¿Qué hacen los humaliens compartiendo un mismo espacio con los humorales? Estamos todos aquí, encarnados en un cuerpo de carne y hueso, para enfrentarnos a través de él al estado más sólido, denso y lento de la energía, para comprender este estado tan pesado y trascenderlo. En este viaje, a veces incluso corremos el peligro de caer en el agujero negro de nuestras emociones y enfermamos físicamente. En este viaje nos entretenemos poniéndonos disfraces y etiquetas, para dar una imagen sin fondo, porque para adquirir una profundidad hay que hundirse y ensuciarse. Nos aferramos cómodamente a ideas y dejamos que la vida fluya como un engranaje de reloj diseñado por un suizo. Es más fácil para el humano fungir como tal, enredándose en guerras de egos interminables, con miles de cabezas de monstruos mordiéndose entre sí unas a otras, que reconocerse a sí mismo como algo más que un corpúsculo sólido y pasar a otro estado de consciencia. Por eso se necesitan tantas reglas y casi sacralizarlas como moralidad para mantener al humano domado: él no puede trascenderse a sí mismo. Todo ello es más fácil que realizar la misión a la que hemos venido: trascender, crecer, elevarnos, recordarnos, recordar la ley de causa y efecto para superar nuestros egos.

«El conocimiento sin la justicia debería llamarse astucia en lugar de sabiduría.» Platón era conocedor y era sabio, pero tuvo que recordarlo.