ADVERTENCIA:
Voy a poner a parir gratuita y fuertemente al 95 % de la gente que se hace llamar artista. Tengo para dar y regalar. Me creo en posesión de la verdad para juzgar hasta al apuntador. Sí, sí, aún no he ascendido a la 5D……… pero «change my mind».
Desgraciadamente, una tiene que estar insistiendo hasta a los propios amigos, a los familiares y a los gentiles compañeros de gremio para que miren lo que hace. Una tiene que saberse vender a sí misma y volverse maestra de las relaciones públicas (lameculos). Simplemente, para que miren, porque valorar y reconocer ya es otra cosa. Si no entras al juego, te ignoran. Ir por libre y sin disfraz es una condena al olvido. ¿Se debe, entonces, pervertir la esencia para tener presencia?
Amo el arte, hago arte por amor y lo regalo al mundo, pero esto se confunde la mayoría de las veces con regalarlo al mundo por amor al arte.
Regalar en sí me parece un acto sublime que surge del corazón. El problema es cuando el entorno no tiene esa misma consideración ni intención, cuando tras la máscara de generosidad o bondad se esconden intenciones dobles en recibirlo y hasta en darlo. En este mundo actual, generalmente, pocas cosas se toman como valiosas, más bien se espera consumirlas por la cara o que te apliquen un dos por uno como mínimo.
En el ámbito profesional, embelesos y tejemanejes por si cuela gratis un trabajo y unos servicios para los que se requieren años de estudio y de práctica. «Para adquirir experiencia y reconocimiento», dicen algunos. Además, sin apreciar el tiempo y esfuerzo invertidos y dando por hecho el gratuito mantenimiento. Todo, por el mero amor al arte. En concreto, ésa parece la labor de los artistas e incluso del sector laboral que los rodea: parece que debemos de estar agradecidos de realizar nuestro hobby de forma altruista. Que alguien nos voltee a ver es la supuesta recompensa.
Los tetratipos en el ambiente cultural
Concretamente, he identificado cuatro arquetipos principales de personas en el ámbito de los que crean y consumen arte que voy a exponer (desenmascarar) a continuación, para que veamos con qué gente hay que lidiar. En realidad, hay un quinto tipo, como el quinto elemento, pero a él me referiré más tarde.
Los Sexo y muerte (versión lite incluida)
Publica algo morboso y recibirás toda la atención del mundo. Un escote, unos bombardeos, un culo en pompa, una madre con sus hijos cubiertos de polvo huyendo de una guerra, una pose en bikini, una sala de urgencias repleta de pacientes entubados: todo esto y mucho más remueve fuertemente las emociones. Es el bloque de atención de este primer perfil: sexo y muerte; prostituirse o sobrevivir, los instintos más básicos de este homo… ¿erectus? ¿Habilis? Supuestamente sapiens sapiens, doblemente sabio. Hasta los poetas más populacheros tratan con éxito de clic y hasta de premios literarios estos temas, aunque de poetas solo tengan la etiqueta del pueblo. Dentro de éstos, también se encuentran los de la versión light de la vida, quienes expresan la cotidianidad como si de algo del otro mundo se tratase. Al fin y al cabo, la vida corriente no deja de situarse en medio entre el eros y el tánatos.
Los Todo positivo
Asimismo, tenemos el foco de atención opuesto: el de todo positivo que te quiere vender la felicidad y el vibrar alto (en este caso, vibrar no dentro del concepto básico del primer bloque). Todas esas obvias frases coehlianas, a veces repetitivamente rimadas que se venden y propagan bien, la literatura de autoayuda, del superarse a sí mismo que acaricia la pseudo(¡!)psicología sin adentrarse en el estudio del alma, que es el verdadero significado de psicología.
Los Cabeza de robot
No obstante, también tenemos al espécimen que actúa de forma contraria para sentirse superior intelectualmente a todos los demás. Él se aferra a puros empirismos y pragmatismos, asemejándose a un robot programado. A este tipo le suele interesar únicamente el arte del raciocinio y tampoco piensa por sí mismo, sino que es movido por la mecánica de las teorías. A pesar de todo, éste, en su fría programación, es más inofensivo que el que sigue.
Los Pseudoartistas pseudoespirituales
Tenemos un cuarto modelo de personalidad en este mundo del fast fun que tal vez sea el más peligroso de todos: aquel ser del yo y el superyó, el narcisista-espiritualoide-mesiánico que está tan elevado en su ego, que ni siquiera lo puede/quiere ver y tan hundido en su personaje que no distingue abajo de arriba: todo está fundido, todo es uno, todo es él y para él. Éste es un artista profesional en manipular a los demás y abunda entre los chamancillos, artistillas en general y poetillas de la sociedad de moda posmoderna-newageiana.
Al ser humano, en su gran mayoría, no le gusta profundizar en las cosas, pertenezcan al arquetipo que pertenezcan. Como paliativo a su vida esclavizada, gusta de desconectar con un entretenimiento que más aun lo esclaviza, lo sigue dejando inerte. A veces, se fanatiza, es más cómodo que otros piensen por uno y simplemente seguir ideas, copiar, apasionarse sin más cual hooligan futbolero o fan de alguna serie de Netflix de moda.
Llegando a la quintaesencia del arte
Pero… ¿cómo volverse el tipo de todos los tipos para alcanzar el verdadero arte? ¿Cómo tener presencia sin pervertir la esencia? Tanto para quienes crean como se nutren con él, no es fácil, pues requiere de luchar contra uno mismo y el entorno.
Es realmente laborioso destruir la falsedad de lo que no somos en esencia, pues primero hay que autodescubirse y desenmascararse; lo complicado es crearse a una misma, pero al mismo tiempo esto es justo lo que ocurre mediante el arte. Para el artista, su verdadera obra es el autoconocimiento, la búsqueda de la verdad (cual auténtico filósofo), cuyo camino va expresando mediante las herramientas de su arte: evolución, retroceso, caídas, transformaciones y vueltas hasta retomar el camino… Es decir, el arte no solo es la meta, sino todo el proceso. El arte es sinónimo de ser totalmente transparente y fiel a sí mismo.
Uno de mis axiomas es: creo para existir, existo para crear. Llegar a la pureza de esto es el secreto del arte, alcanzar una desnudez en la que te mires en los espejos de tu obra y sepas que eres tú o que, al menos, eres un porcentaje de tu potencia materializado en prístinos actos artísticos.
Por eso, el artista es un ser solitario conectado consigo mismo y en unidad con el todo, que no naufragado en su propia imagen ni sumergido en la irrealidad que llaman mundo. Esto no significa que deba de estar solo ni que tenga que evitar la comunidad, tampoco significa que ya esté iluminado, sino que esa musa creativa, esa chispa divina que se da en su interior y en equilibrio sale a manifestarse al exterior. Que el grupo que lo recibe lo sepa reconocer y apreciar es otro asunto y requiere de una apertura vital importante también por parte del espectador.
Pero un breve matiz: como decía el poeta chileno Vicente Huidobro: «El poeta es un pequeño dios». No es buda, no es el mesías, tal vez aún no haya alcanzado la iluminación… pero sí es la deidad de su propio universo artístico, el que él ha creado desde la semilla de su esencia, desde las profundidades de su ser.
Sin embargo, el trabajo no acaba con expresar su arte: el artista ha de cuidar no transmutar luego esta chispa divina en ardor de diva, en el fulgor y brilli-brilli de autoproclamarse deidad hacia el exterior. En definitiva, evitar transformarse en el cuarto tipo que mencionaba hace un momento, el de los pseudos.
Para quien aprecia el arte, su tarea es también el conocimiento de sí mismo, pues así es como capta y siente el arte que le resuena. No son simples y volubles emociones las que se tocan ni tan siquiera una mente hiperintelectualizada, como tan a menudo está de moda en contraposición al morbo, pero igualmente tan corrompida como esos monstruos de la razón que mencionaba Goya.
Tampoco el arte ha de estar en sintonía con lo que le conviene al ego para autoreafirmarse. Con desmedida y a su vez calculada alegría, se encargan en corrientes del New Age de maquillarlo y hacerlo aun más aparentón. Percibir el arte desde el personaje es entonces mero gusto sin ninguna profundidad más que la de la propia caída, sin la dimensión que el arte verdadero otorga y regala al cosmos. Y, cuidado, que aquí hablo de regalar, pero es regalar al universo con amor al arte, no a oportunistas por amor al arte.
El arte no es lo mismo que el diseño ni las corrientes de moda. El alma no se parece al ego, el ego imita al alma, lo enfrasca y disfraza para así adaptar al personaje a un mundo por él incomprendido. El ego cumple una misión funcional en el mundo: la de encubrir lo que realmente se es para meramente sobrevivir; para defenderte mediante apariencias que te categoricen y ordenen en un determinado clan que está en permanente lucha con otros clanes, porque todo es competencia. Hasta dentro de una misma persona, unos egos pelean contra otros para hacerse con el poder.
En la sociedad funciona igual. El diseño, con sus tantas corrientes y épocas, así como las modas, desempeña un semejante papel práctico. Pero el arte es como el alma: trasciende y es atemporal. Y aquí es donde viene el meollo del asunto: solo quienes vivan acorde a su alma se adentrarán a la tuya a través de tu arte o viceversa.
La sociedad de fast fun y de la hipócrita camaradería
Sin embargo, en el concreto caso de la Poesía, que es mi herramienta artística predilecta, lo que acostumbramos a leer por las redes sociales es nefasto. Hoy todo el mundo se hace llamar poeta por arrejuntar unas letras y romper las reglas ortográficas sobre una imagen (uy, qué rebeldes…) o, los más conservadores, rimarlas en papel. Peor aun, los hay que usan la falsa humildad como eslogan para supuestamente quitarse las etiquetas de poeta o artista (que, en realidad, no son) alegando un pretendido flash de inspiración que les llega del más allá, cuando lo que supuestamente regalan al mundo no es más que el producto de su propia vanagloria.
Lo peor de todo es que muchos de esos poetas se vuelven populares por estar conectados en las altas esferas de su pueblo y publicitar su papel de alta calidad (no literaria, sino protagonista). Muchos de éstos, si te lanzas a proponerles un proyecto en conjunto, desde su crecido trono te mirarán por encima y pondrán satíricas trabas administrativas para que desistas en tu osadía. Después, irán a su Face a compartir la parodia de su incongruencia: «No eres lo que aparentas, eres lo que haces».

Ésta es una sociedad del consumo y del entretenimiento rápido, del fast fun, donde la imagen resulta lo más importante: el quedar bien con todos, mientras se compite tras los velos por tener la mayor atención, la mayor influencia, el mayor poder. ¡Pero pretendamos que somos buenos amigos! Pretendamos que tenemos compañerismo, mas si te pregunto por colaboración me pones la zancadilla burocrática o me dices que mañana respondes y han pasado años de silencio. Eso sí, tú me pides apoyo para que te corrija y publique un libro de 200 páginas y ya si eso el universo conspirará a mi favor.
Pretendamos que somos buenos camaradas dando likes a algo que no leemos ni para lo que ofrendamos 5 minutos de ¡paciencia! por darle atención (la recompensa al tiempo invertido ha de ser proporcional a él, es decir, inmediata). O hagamos como que nos interesamos por cuánto cuesta el libro que no tenemos intención de comprar, solo para quedar bien.
Chanchullos y Entidades Con Ánimo de Lucro
Que el artista se desvive por el amor al arte, mientras su aspiración a vivir de su arte es solo una fantasía, se da tanto por hecho, que para su creador el amor se vuelve mendigo y el arte ya no es otra cosa que mercancía con la que se trafica. Mercancía que se siente robada, desperdigada y ultrajada. El taciturno artista se desintegra en mil pedazos por un par de reacciones de gente que no tiene ganas de trabajar ni siquiera en sí misma. Aquí el silencio, la apatía y la no-acción por parte del público se convierten en el más sincero de los menosprecios.
Personalmente, me he cansado de nadar a contracorriente para hacerme un hueco en este absurdo espectáculo de los artistas y las estrellitas. Amo crear arte por amor, pero me he hartado de regalarlo al mundo por amor al arte. Y por si se creía que me ahogo en un vaso de agua, este vaso se llenó tanto durante años que tornó tsunami. Por eso, mis letras calientes y a la vez frías fluyen por esta publicación. Pero te voy a decir algo bien claro y sin tapujos: mi obra artística no es una obra de caridad y nuestra editorial no es una ONG al servicio desinteresado de aprovechados.
Me he cansado de ponerme la máscara de cándida y útil: a las buenas, soy muy buena y podemos colaborar, pero a las malas… te voy a desenmascarar a ti también y nos vemos las caras lavadas.
En este mundillo, hay que marcar límites claros y uno de ellos es el costo y valor de la labor profesional. Los servicios artísticos no se dedican a alimentar egos. Tampoco la creación artística. El arte tiene un valor superior a la eyaculación precoz de la atención media, a las limosnas y a la fama. Estos oficios, el de crear arte y comerciar con él, no son apariencia y no encubren quien realmente soy para meramente sobrevivir. El arte es la verdadera obra que expresa nuestra congruencia y mi amor por el arte va bastante más allá de la prostitución de fantasmas.
Desgraciadamente, no soy la única que ha de esforzarse más por que la lean, divulguen o compren su obra que por crearla o editarla, pero ya basta jugar el rol de súper motivada por hacer cosas por amor al arte con recompensa cero, sobre todo económica, o bajo cero: la helada envidia, los silencios que puedo escuchar y aquellos entes con ánimo de aprovecharse de la energía de una. Y basta también de esforzarse en pordiosear, directa o indirectamente, con tácticas de mercadotecnia, una mediocre atención de conocidos e íntimos o para hacer contactos leales y comprometidos en el sector. En este mundillo, casi nadie es realmente fiel a nadie y casi nada es real. Ésta es la triste realidad.
Aun así, seguiré navegando este camino que elijo y haciendo el arte por amor, mas no simplemente por amor al arte.
Sé lindo y compra mis libros de poesía
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