Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

La mesa infeliz: mi primer poema. Ensamble poético-álmico con Hugo Ortega Vázquez

Dialéctica de ojos no fue mi primer libro. En junio del año 2000 saqué mi primer poemario: un libreto hecho a mano para un concurso del colegio.

Los primeros poemas de mi vida están entre sus páginas, aunque no era lo primero que escribía (desde los 8 años me inventé canciones punk, algunas de cuyas letras tengo aún anotadas en un cuaderno y todas sus melodías, ritmos e instrumentos guardaba y guardo en la cabeza).

La mesa infeliz es el primer poema de todos los que hice. Recuerdo todavía cuando lo estaba formulando: tenía tantas imágenes que no sabía cómo expresar, cómo contener en palabras.

En ese momento no tenía ninguna influencia literaria, la poesía era más pura en mí, pero estaba enfrascada en la forma lingüística. Tiempo después, era un poquito más libre en lenguaje, pero moldeaba mis letras según esas influencias poéticas que comenzaban a marcarme. Muchos años después, en la actualidad, siento que fluyo más mientras escribo, pero ha sido un largo camino.

Ayer hicimos Hugo Ortega Vázquez y yo un ejercicio de, podría llamarse, ensamble poético-álmico, en el cuál él tomó este primer poema de mi historia y le dio la intención que yo siempre quise, pero con sus palabras, a raíz de mi alma, pero desde su alma. Éste es el resultado:

LA MESA INFELIZ

Cuando era solo un árbol
aquellos días,
donde el color apenas solía acariciar mis hojas,
decoraba la luz del sol mi amaderado silencio.
Cuerpo de roble brillante al alba
a la tarde sin sueño de viento,
a una noche gritando a la luna su sonrisa.

Refugio de animales fui,
interior de un templo no invadido,
casa de secretos,
labios de montaña
y ensueños de fauna silvestre.
Solo fui un instante,
un confesionario para los salvajes ecos,
solo fui un soplo divino,
solo fui
solo.

Hasta que…
desperté por debajo de un cielo de piedra
y oro
cobijado de seda y gusanos disecados
y en vez de copas de coniferas
caliz de agua envenenada embriagando a mis asesinos.
Un castillo medieval santificado
en medio de un bosque moribundo
bautizado por la mano de un santo ciego
decían,
entre risas huecas y podridas
decían,
decían los reyes celestiales.

Una vajilla,
una cuchara,
un tenedor penetrando mi herida,
lágrimas de avaricia sobre mi cuerpo desmembrado,
soy un viejo tronco,
soy un viejo,
tan solo un soy
¿o un fui?

¿Volveré a ser,
a respirar de nuevo esa espesura indómita?
O simplemete un bosquejo surrealista
dentro de un cerebro enfermo
o simplemente surrealista
o simplemente un bosquejo
o simplemente
un madero para el próximo mesías.

© Arim Atzin Autora & Las Palabras de Akbal

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