Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

Acordes húmedos

Hace una semana, hice una encuesta en Facebook preguntando por la interpretación de mi poema Oh, oh, ah. Había dos opciones:

  • Opción 1: Erotismo. Masturbación viendo pornografía y mientras alguien susurra cosas sucias al oído.
  • Opción 2: Escatología. Estar desconcentrada en el trabajo, porque alguien se tira pedos y eructos y pone la música alta.

El resultado estuvo bastante reñido. De los 23 votos, 11 fueron para la primera y 12 para la segunda opción. Qué malpensados sois. ¿Pero cuál es la correcta?

Para responder a esto, he escrito un cuento corto. Nada de lo que muestro en él es falso, por muy surrealista que parezca. Ni siquiera he cambiado los nombres a los protagonistas. ¡Menos mal que están en Alemania y no saben español! Aunque si lo traducen, tampoco pasa nada. Al fin y al cabo, no soy yo quien debería de avergonzarse… La verdad sale a la luz y muchas veces resulta sucia para quien no tuvo reparos.

Aquí os dejo mi historia real.


Acordes húmedos

El trono de «Günni»

Aus.

Cerró la manilla de la ventana hasta el infierno. Günter me hizo sucumbir de nuevo. Tres cuartos de hora antes, aproveché para ventilar el clima eléctrico de la oficina con brisas callejeras y para amordazar a Madonna, Avicii y Lana Del Rey. Mientras, él desaparecía largo tiempo en el baño tras su ritual diario de palpar el manojo de revistas y agarrar dos al azar. Pero volvían a saltar chispas en el aire y lo oxidaban: el oxígeno era abruptamente apagado y la radio descaradamente encendida.

The road is long, we carry on, try to have fun in the meantime [El camino es largo, seguimos en él, intenta pasarlo bien mientras dure] —desafinaba Micha con su habitual mueca burlona e irónica, casi sin mover los labios para exagerar la vocalización parsimoniosa. Yo le miraba de reojo con mi usual cara de pocos amigos.

Micha era el compañero gracioso y apacible que me salvaba la vida todos los días. Se sentaba formando un ángulo recto perfecto a mi derecha, un tanto escondido entre los monitores del ordenador. Pero siempre se escapaban sus ojos azules y su voz desde los marcos de las pantallas a sacarme sonrisas. Mi colega enorme, canoso y gafotas soportaba aquel denso aire en solidaridad conmigo. Pero él desde hacía once años. Santo Michael. A mí me quedaban exactamente 730 días para terminar mi formación y no volver nunca más. 1011011010 días en código binario o, lo que es lo mismo: sí no sí sí no sí sí no sí no aguantaba más. Me estaba volviendo bipolar.

Era un día cualquiera a las once de la mañana. Tres cuartos de hora después de su ritual, Günter caminaba separando las piernas y torciendo el torso hacia delante, como si le hubiesen arrancado del retrete a la fuerza. Se había vuelto uno con él, pero debía volver a su puesto para seguir jugando al jefe. Era un día cualquiera en eterno retorno: y ahí se hallaba entronado de nuevo, con vistas directas hacia mi espalda y la pantalla de mi ordenador. Sentía su mirada ciega ardiendo sobre la nuca, pero su silencio hacía chirriar la ventana y la radio: plegaba el aire y lo comprimía en la oficina. Lana Del Rey lo viciaba otra vez con su voz. Ascuas y gases se alzaban.

—Ya terminé de modelar la silla, mira. Solo me falta preparar las texturas con Photoshop.

—¡Qué bien te quedó! —respondió Micha—. Para eso puedes usar un modificador en 3d Max que se llama…

El silencio crujió tras de mí desde la silla de Günter. No eran las patas, sino un acorde tras otro que provenía de la base del asiento. Mi jefe disimulaba el descaro rozando la tela de su trono contra la de su pantalón. A mi compañero y a mí se nos heló el semblante, la mirada fija el uno en el otro, las pupilas minúsculas penetrando en la retina. Era como cualquier otro día y, sin embargo, nunca antes habíamos escuchado ningún sonido provenir de sus partes bajas. No lográbamos creerlo. Después de unos segundos, nos forzamos a seguir hablando para disimular. Yo confiaba en que Günter no podía descubrirnos ojipláticos de perfil, si continuábamos conversando como si no pasara nada.

Una nube invisible invadía el espacio. Micha y yo movíamos de tanto en tanto el cuello para comprobar que seguíamos con vida, que no nos habíamos convertido en dos estatuas de ceniza. Me picaban los ojos y los iris celestes de Micha se habían tornado dos platos llenos de salsa habanera tras las gafas. Plantados en nuestros asientos, en estado ni sólido, ni líquido, ni gaseoso, como la flatulenta neblina: en una frontera muy sutil entre lo animalesco y lo vegetativo.

Continuaba la aparente normalidad en la jornada. Los clics frenéticos de los ratones y las teclas abrumaban en mis oídos casi tanto como las voces y melodías de ese canal de radio. Me empalagaban tanto, que confundía luz y ruido y ya no podía visualizar los trazos de mis muebles en 3d. Acordes y líneas formaban una masa que no sabía si era sonido, color o mis latidos. Acordes y líneas, acordes húmedos: y la garganta de Günter vibró.

16:58. Eché el ancla, frené los vectores de las tres dimensiones, paré el corazón helado del PC y salí a respirar. Al cruzar el umbral de la empresa, recobré los segundos que me faltaban para volver a latir. De camino hacia la parada de bus, me di cuenta de que el día se iba perdiendo en la tarde, como cada una de las tardes, pero mi vista clareaba por fin. Sin embargo, dentro de mi cabeza seguían retumbando las estrellas artificiales del pop.

***

Micha capturando mi usual cara de pocos amigos un día cualquiera de los sí no sí sí no sí sí no sí no

A la mañana siguiente, llegué temprano a la oficina deseando airearla un poco antes de que viniera el jefe. Al penetrar la puerta, el habitáculo dormía; de espaldas Micha parecía que también. Pero a medida que me acercaba tornando la cabeza para saludarle, sus ojos flameaban desde su pétrico rostro como dos luciérnagas creadoras de luz en la madrugada.

—¡Hola! Cuánta paz y creatividad se respira…

—¡Buenos días! Espera a que venga Günter para respirar —ironizó—. Eh… lo de ayer no estoy seguro de qué fue. —Sus ojos se apagaron y se volvieron dos cantos rodados.

Le clavé la vista muy seria. Fruncí el ceño y callé unos segundos.

—Eso tuvo que ser un pedo. Un húmedo y asqueroso pedo. ¿Qué otra cosa si no? Sonaba como si estuviera desplegando lenta y descaradamente todo su podrido interior.

—A saber qué habría comido para tener tantos gases. ¡Tal vez garbanzos con setas!

—Ja, ja, ja. Pero qué asco, por favor. No puede ser cierto. No es posible que sea tan guarro —yo seguía dudando—. Aunque lo cierto es que, si es capaz de eructarnos a diario, seguro que no se cortaría ni un pelo en lo otro.

—Ni un pelo del…

De nuevo ese trote arqueado irrumpiendo en el espacio, esas dos patas tiesas que marchaban rumbo al trono ejecutivo.

—Buenas —musitó Günter, con aguardientosa y arisca voz, agitándose obcecado hacia su PC.

De nuevo una arcada. Era martes y esta semana tocaba la camisa azul oscura. Eran las nueve de la mañana de un día cualquiera y dos ronchas de sudor fresco ya recalcaban su diseño fosilizado en las axilas de mi jefe. A cada paso, batían su vapor e inundaban la tercera dimensión con una mezcla de transpiración añeja y joven y de pedante perfume varonil.

Aus.

Como a diario, cerró la manilla de la ventana. «Cuando sea el ritual, abro una vez más al paraíso», pensé. Apretó con la pezuña el botón de la radio y Madonna, desde su guarida de 1LIVE, me volvió a torturar. «Cuando sea el ritual, hago callar un rato a estos productos de diseño. Oh, oh, ah…»

Oh, oh, ah —gemía Madonna.

Se marchitaba cada neurona de mi cerebro. Los tsunamis de hercios eran granos de sal entre los surcos de mi sesera y las grietas de mi concentración. La nubecita putrefacta se iba expandiendo por la estancia, aunque aún no había podido distinguir ningún estertor proveniente de sus entrañas. «¿Tendrá el esfínter dilatado? ¿Y si tiene problemas de digestión?» me preguntaba antes de que hubiese sonado la flemática trompeta.

Pero, en esta ocasión, vibró la garganta. Y volvió a vibrar una vez más. Nuevamente, Micha y yo nos lanzábamos miradas sesgadas durante los cúlmenes del bullicio. Él había aprendido a tomárselo a risa, una risa resignada y muda como la nebulosa que chocaba contra nosotros. Yo a tragar los átomos en el puño del silencio y a seducirme a mí misma con la idea de que el mundo es ilusiorio. El instinto de supervivencia nos había convertido rápidamente en personajes de una tragicomedia.

Llegó la hora de manosear revistas y perderse tres cuartos de hora en el retrete. —Se me está haciendo interminable la mañana —le decía a mi compañero, mientras me levantaba a bajar el volumen y abrir la ventana. El tufo de Günter se marchitaba y era barrido por el viento purificador, al menos durante un breve lapso de la jornada.

Por la tarde, Tatjana vino de visita. Ella trabajó hace años como secretaria y dejó su puesto tras hacerse madre. Era una mujer alta, de mediana edad y elegante que seguía muy apegada a sus antiguos compañeros y jefes. Yo no me fiaba de ella; no entendía cómo podía existir alguien a quien le cayera bien el cerdo de mi superior.

—¡Günni, pero cuánto tiempo! ¿Qué tal va todo? —se dieron un abrazo y mentalmente puse los ojos en blanco.

—Aquí seguimos, Tati. Como siempre. ¿Y los niños?

“Günni” tenía para dar y recibir. Escogía a algunos afortunados, ante los que mostraba su verdadero interior fumigador. A otros, la versión perfumada, como a ella. Durante su conversación, mis oídos ensordecían y me imaginaba a Tatjana flotando entre gases verdes: se elevaba y alejaba, el techo se rajaba por la mitad, mientras ella se fundía en el verdor que crecía inundando el cielo.

—Vuelve pronto, ésta es tu casa. Saludos a tu marido.

Pasaron tan solo dos minutos desde que Tatjana se había marchado. Detrás mío, una vez más se oían perlas inflamadas de aire húmedo refregándose contra el tejido del asiento de «Günni». Podíamos escucharlas una a una brotar despacio y arrastrarse por los pespuntes. Podíamos cerrar los ojos y visualizar la forma y textura de su túnel al salir, así como el relieve de su fruto: redondo, aterciopelado y gigante, formando un generoso collar sobre cuyas cuentas saltábamos. Sentí otra vez ese espasmo en la garganta y una extraña sensación de comunión, de formar parte de un círculo íntimo: Günter, Michael y yo. Mis pupilas se prendieron de rabia al percibir la caída de las perlas a mi silla.

«729, 729, 729 días. No no no, no no no noches»

El reloj de la pantalla marcaba unas cifras que no sabía interpretar. Ya no podía distinguir entre rito y rutina. Los jugos gástricos de mi jefe eran una tormenta que electrizaba mi cabello y mis bronquios. Quería atrapar un poco de brisa y cerraba el puño para conservar la voz. Pero Madonna eructaba contra las cuatro paredes y sentí náuseas una vez más.

16:39. Fui al baño a respirar. Sentada sobre mi puesto, sobre el retrete, recobraba poco a poco la memoria y repasaba mi plan de evacuación: «Solo tengo que aguantar 729 días y veinte minutos y descansar 1458 noches para conseguir mi título de diseñadora gráfica y poder cruzar al otro lado».

Caí nuevamente al asiento por un cuarto de hora. Al fin ahogué el gélido pulso de mi ordenador para salir por la puerta como si fuera la última vez. —Hasta mañana.

—Chao, pasa buena tarde —sus dos satélites apagados orbitaban en torno a la silla esculpida tridimensionalmente.

—Adiós —mascullando y sin apartar la vista de la pantalla.

Traspasé la puerta del edificio y el viento despejó mi cara. El sol teñía de naranja el horizonte e incluso un arcoíris me daba la bienvenida al otro lado. Había otros colores y otros sonidos más allá, en esa otra dimensión. Había por fin silencio y soledad una vuelta más del eterno retorno. Llegó mi autobús y fui volando a encerrarme en mi casa. Me juré libre hasta el renacer de la madrugada.

Sí no sí sí no sí sí no no no.

Vida tras la otra dimensión

***

Ein riesiges und herzliches Dankeschön an Micha G., ohne dessen Dasein ich diese zwei Jahren nicht überstanden hätte können.

Enormes gracias de corazón a Micha G., sin cuya presencia no habría podido aguantar esos dos años.

Würselen, Alemania. 2011 – 2013.

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